Hace ya mucho tiempo desperté con una sensación de elevación y cambio espiritual en mi vida que no sabía de dónde venía. Empecé a recordar que, no sé si en una visión o entre dormida y despierta, pude flotar entre nubes rosadas, blancas, naranja, plateadas y verde esmeralda. De repente, mientras las imágenes se apoderaban de mi mente, entendí lo que había ocurrido: había estado en el cielo.

Conociendo a Dios

En mi visión, diversos matices de naranjas y amarillos envolvían todo. Era como un atardecer pero mucho más brillante y radiante. Ante mí, pude ver a un joven Ángel de cabellos castaños y ojos verdes, con una mirada profunda y dulce. Vestía de blanco y una luz ópalo lo envolvía completamente, tocando cada rincón del cielo mientras él me sonreía. Aunque no movía sus labios, me hablaba y yo entendía todo lo que tenía para decirme:

“Vas a conocer a tu Padre pero no puedes mirarlo, únicamente sentir su presencia.”

Recuerdo que había una especie de escalera mecánica pero no tenía peldaños, porque juntos íbamos subiendo sin mover los pies. ¡Podía sentir cómo nos elevábamos a través del cielo! Al llegar arriba, todo era mucho más blanco: cúpulas de luz y cristal se alzaban en el paisaje frente a nosotros como destellos en el aire, era realmente hermoso e impactante.

El Ángel y yo llegamos frente a un portal de bronce muy alto, donde a los lados se desplegaban pilares de luz que a la vez formaban parte de todo el cielo: estos pilares eran, en realidad, unos seres muy luminosos, altos, dorados y blancos pero sin forma humana o cuerpos tangibles. Todo ocurría muy rápido y a la vez parecía congelado en el tiempo. Muy pronto me encontré inclinada ante un gran trono blanco, de donde pude ver unos dedos de los pies que se asomaban como de una bata o manta.

No miré hacia arriba porque obedecí al Ángel así que no vi su rostro, solo me quedé allí, arrodillada en el medio del cielo un buen rato. Sentía una inmensa paz muy difícil de poner en palabras, solo sé que, más que en mi mente, esa sensación quedó grabada en la memoria de mi Ser para siempre.

Sabía que, aunque desconociera cómo pude estar ahí, aunque no entendía por qué había sido llevada ante el Padre, ese momento cambiaría mi vida, que obedecía a un orden perfecto en el Universo. Ahí lo supe: quería entregarle toda mi vida al Creador.

El camino hacia mi vida celestial

He vivido o experimentado muchos de estos encuentros y visitas a otros espacios entre dimensiones y estoy segura que tú también, aunque a veces no podamos o sepamos reconocerlo. Estos lugares divinos no tienen una explicación clara desde mi perspectiva humana pero, dentro de mí, en el corazón, obedecen a la razón de mi existencia: el amor inconmensurable, eterno e infinito de Dios en el cielo que lo abarca todo.

Sé que este momento específico ante el Trono de mi Padre sucedió para que reafirmara mi fe, para que supiera de verdad que Dios existe y para que no temiera contarlo. Muchos años han pasado desde ese momento en el cielo donde todo comenzó: encuentros divinos, voces celestiales, mensajes divinos, lecciones en la tierra, una misión aceptada y un largo camino recorrido.

Yo sé que solo soy un canal para llevar a ti todo lo que he visto y sentido, para transmitir el amor de Dios y sus Ángeles y para restablecer los lazos de comunicación entre los seres humanos y el Cielo, una humilde misión a la que me entrego cada día con mucho amor y divinidad.

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Les abrazo en el templo de mi corazón.

Katherine Andarcia

Coach Angelical